LOS SIETE DOMINGOS A SAN JOSÉ

DOLORES Y GOZOS

 

 

 

 

 
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INVOCACIÓN A SAN JOSÉ
¡San José, guardián de Jesús y casto esposo de María, tu empleaste toda tu vida en el perfecto cumplimiento de tu deber. Tu mantuviste a la Sagrada Familia de Nazaret con el trabajo de tus manos. Protege bondadosamente a los que se vuelven confiadamente a ti. Tu conoces sus aspiraciones y sus esperanzas. Ellos se dirigen a ti porque saben que tu los comprendes y proteges. Tu también supiste de pruebas, cansancio y trabajo. Pero, aun dentro de las preocupaciones materiales de la vida, tu alma estaba llena de profunda paz y cantó llena de verdadera alegría debido al íntimo trato que gozaste con el Hijo de Dios que te fue confiado a ti a la vez a María, su tierna Madre. Amén.

 


San José dice:


Julio 8/09 (9:15 p. m.)
1. Dolor y Gozo:
Hijos míos: La Santísima Virgen María fue siempre la alegría para mi pobre corazón porque encontraba en ella el modelo perfecto de santidad. Todo lo que pasaba por sus virginales manos quedaba impregnado del aroma de su pureza; por donde pasaba dejaba rastro de su candorosa presencia, presencia que dejaba atónitos a los Santos Ángeles, presencia que extasiaba la naturaleza entera ante su singular belleza.

 


Dios se excedió en bondad para conmigo al cruzarla en mi camino, camino embellecido de rosas finas, camino suave y ligero porque lo más preciado del Padre Eterno estaba a mi lado: la mujer vestida de sol me irradiaba con su luz esplendorosa. Luz que por un momento empezó a opacarse porque no comprendía el Gran Misterio de la Anunciación. Misterio que hizo del vientre de María: Tabernáculo vivo del Amor Divino, misterio que no afectó en nada la pureza de mi virginal esposa, misterio que me conllevó a la duda y a la angustia porque me sentía indigno de ser el esposo de la Madre de Dios.

 


No comprendía que un humilde carpintero formara parte de uno de los designios Divinos. Designios que abrieron mi entendimiento humano, designios que corrieron las cortinas de mis ojos para ver más allá, designios que alcancé a comprender desde el mismo instante que un Ángel me reconforta en un sueño, me insta a no temer, a no repudiar a María, a servirle con caridad, a protegerla a ella y al Niño que llevaba en su vientre. Niño que también sería mi hijo. Hijo que le amaría con el amor más tierno de padre. Hijo que le adoraría como al Dios: Uno y Trino. Hijo que engalanaría mi taller con su presencia celestial. Hijo que acompañaría por un período de treinta años. Hijo que dejaría huellas indelebles en mi alma; su recuerdo permanecería en mí por años sin término. Hijo que me llevaría a los Cielos para desde allí glorificarle y alabarle.

 


Hijos amados: os llamo a no vacilar ante los Misterios de Dios; acogedlos con amor en vuestro corazón; abandonaos por entero a su Divina Voluntad para que os ganéis una de las moradas en el Cielo. Pedidle a María que estampe en la profundidad de vuestro ser su Fiat, de tal modo que seáis dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo.

 

 

 


Agosto 2/09 (1:30 p. m.)
2. Dolor y Gozo:
Hijos amados: estaba anunciado por los profetas que Jesús nacería en Belén. Dios se valió del Emperador Augusto para dar cumplimiento a la profecía, por eso marché con mi esposa para empadronarnos, a inscribirnos en la ciudad de David, ciudad que le cerraría las puertas al Hijo de Dios; ciudad que no tenía espacio para albergar al que todo lo puede. Ciudad desentendida del Gran Misterio que estaba a punto de nacer. Ciudad desprotegida que desplazó al Santo Dios, Santo Fuerte y Santo Inmortal. Ciudad que arrinconó en un establo al Mesías Dios esperado. Ciudad que produjo en mi corazón un gran dolor porque el Verbo de Dios encarnado era excluido. Ciudad que envió al Rey de reyes y Señor de señores al escampado, a la intemperie.

 


Hijos amados: mi corazón sollozaba porque no encontraba sitio para hospedar a la Madre de Dios. Madre que no midió consecuencias con su Fiat. Madre que venció falsas leyes y criterios humanos. Madre que no se dejó amilanar ante las adversidades. Madre que siempre supo confiar en Dios. Madre que no se desesperó ante las negativas de los hospederos. Madre que no le importó dirigirse a un establo para el alumbramiento de su Hijo; establo cómplice del Amor Santo y Divino. Establo que dio abrigo y cobijó al recién nacido, al Hijo de Dios. Establo que evidenció el más hermoso de los espectáculos celestiales. Establo que fue visitado por los Ángeles del Cielo, Ángeles que descendieron a adorarle. Establo que se convirtió en una pequeña porción del Cielo en la tierra. Porción a la que llegaron tres reyes de oriente a ofrendarle: incienso, mirra y oro.

 


El gran dolor que llevaba en mi corazón se convirtió en un gran gozo. Gozo porque el Cielo fue tapizado con multitud de estrellas, gozo porque los Santos Ángeles entonaron los más bellos cantos, gozo porque ya no estábamos solos: miríadas y miríadas de seres angelicales llegaban hacia el Niño Jesús a alabarle y glorificarle porque Dios se había hecho hombre.

 


Hijos amados: id vosotros al establo de los Sagrarios que allí también se encuentra el recién nacido; ofrendadle el incienso de vuestra oración, la mirra de vuestros sacrificios y el oro de vuestra conversión perfecta; anonadaos frente a su presencia y desbocaos en mimos para con Él.

 

 

 


Agosto 3/09 (6:30 a. m.)
3. Dolor y Gozo:
Carísimos hijos: a los ocho días del nacimiento del Niño
Jesús, dando cumplimiento a la ley de Moisés, circuncidé al recién nacido. Mi corazón naufragó en el dolor porque por fidelidad a los mandatos Divinos tuve que cortar un pedazo de carne al Divino Niño. Niño que derramó por primera vez su Sangre Preciosa. Niño que lloró desconsoladamente ante su primer sufrimiento. Niño que sería holocausto de Amor Divino para toda la humanidad. Niño que llevaría sobre sus delicados hombros un gran peso: la salvación de los hombres. Niño que a medida que iba creciendo: crecía en gracia y en sabiduría. Niño que en el momento de la circuncisión cercenó mi corazón; sus lágrimas purificaban, aún más, mi alma, su llanto retumbaba en mis oídos, sus gemidos quebrantaban mi espíritu, su impotencia me llevó a amarle con frenesí, a adorar su Sangre Preciosa, Sangre que lavaría al mundo de todo pecado, Sangre que purificaría la tierra entera de toda iniquidad, Sangre que blanquearía cada corazón como copo de nieve, Sangre que embriagaría a toda creatura en deseos de santidad, Sangre que arrebataría a todos sus hijos hacia el Cielo.

 


El Inmaculado Corazón de María fue traspasado por una espada de dolor, sus lágrimas fueron bálsamo sanador para el Niño Jesús, su regazo maternal alivianó su sufrimiento, sus besos cicatrizaron la herida de su circuncisión, herida que manaba una fragancia de nardo purísimo de celestial perfume, perfume que seduciría a muchos para seguirle, perfume que eclipsaría de amor a la mayoría de los hombres, perfume que arrasaría con el olor putrefacto del pecado.

 


Después de este dolor desgarrador mi corazón se inundó de gozo; gozo al escuchar el dulcísimo Nombre de Jesús. Nombre que perduraría por años sin fin. Nombre al que toda rodilla se doblaría. Nombre que haría eco en el corazón de los hombres humildes, sencillos. Nombre que atraería a muchísimas almas a seguirle. Nombre que sería dulce miel y encanto para las almas vírgenes. Nombre que os llamaría a vosotros para haceros sus mensajeros y sus heraldos.

 


Carísimos hijos: vivid en plenitud las Santas Leyes de Dios. Sed sumamente celosos en el cumplimiento de sus
preceptos porque en la obediencia se halla la santidad.

 

 

 


Agosto 4/09 (7:00 a. m.)
4. Dolor y Gozo:
Hijos amantísimos: pasados cuarenta días desde el nacimiento de Jesús fuimos al templo para ofrecerlo a Dios, como manda la ley.
Un cortejo de Santos Ángeles nos acompañaban porque llevábamos en nuestros brazos al Hijo de Dios, al Rey de reyes, al Señor de señores. El Cielo quedaba estupefacto ante tan hermosísima procesión, la naturaleza entera se inclinaba para rendirle sentidos homenajes de adoración; homenajes porque el Mesías, el Dios esperado se encontraba en el pórtico del templo presto para su ofrecimiento; homenajes en los que la profetiza Ana y el anciano Simeón quedaron extasiados de Amor Divino ante su presencia; presencia que los llevó a la más profunda oración contemplativa porque al fin después de mucho esperar pudieron admirar la grandeza de Dios, pudieron apreciar a Jesús el hijo de una humilde aldeana y de un sencillo carpintero.

 


Un dolor agudo se clavó en mi corazón al escuchar las palabras del anciano Simeón; palabras que aducían que este Niño estaba destinado para ruina y resurrección de muchos en Israel; palabras que aducían que sería el blanco de contradicción de los hombres y que una espada atravesaría el Inmaculado Corazón de María junto con su alma.

 


Este inmenso dolor se mezcló con un gran gozo, gozo de saber que así sería redimido el mundo; gozo de conocer, por anticipado, la misión del Emmanuel, Dios con nosotros; gozo de comprender con mayor claridad el gran misterio que veían mis ojos; gozo de entender que a través de Jesús de Nazaret la humanidad entera sería salva; gozo de poderle amar con amor de padre y de poderle adorar como al Dios Uno y Trino.

 


Hijos amantísimos: venid también vosotros al templo y ofrecedle a Dios un par de tórtolas, las tórtolas de vuestros sacrificios, las tórtolas de vuestra consagración al Señor, consagración que os llevará a repudiar las cosas del mundo y apreciar las del Cielo. Consagración que os moverá a la consecución de la santidad. Consagración que os conducirá a caminar por los senderos y atajos que os llevan al Cielo. Consagración que os motivará a permanecer en el templo de Dios esperando su segunda venida.

 

 


Agosto 5/09 (1:18 p. m.)
5. Dolor y Gozo:
Amados hijos: a los pocos días de la purificación, un Ángel venido de parte de Dios, me previno en un sueño, pues Herodes buscaba al Niño para quitarle la vida. Herodes, que fue creado por las manos del Altísimo, quería aniquilar al Dador de la vida.Herodes, hombre finito, se enfrentaba con el Dios infinito.
Herodes, creatura de perverso corazón, quería interponerse en los planes Divinos, planes que cambiarían la historia, planes que llevarían a la humanidad por otros rumbos, planes que darían libertad al hombre subyugado y oprimido, planes que derrumbarían imperios y castillos porque lo construido por las manos del hombre perecerá.

 


Amados hijos: El dolor que sentí en mi corazón al tomar al Niño Jesús en mis brazos y huir para Egipto en compañía de María fue abrupto, porque nos enfrentábamos al peligro de la noche, noche lúgubre, tenebrosa, nos enfrentábamos a un largo camino; camino escarpado, apesadumbrado, fatigoso.

 


Algunas vicisitudes pasamos durante el viaje pero la mirada de Dios siempre estuvo puesta sobre nosotros, algunos de sus Ángeles nos acompañaron durante el éxodo. Ángeles que nos servían y nos anunciaban de posibles caídas. Ángeles que a medida que íbamos acercándonos a Egipto custodiaban y protegían al Hijo de Dios. Ángeles que me dieron una fuerza sobrenatural para ser el centinela de Jesús, mi Señor, y de María la Madre de Dios.
El dolor que llevaba en la profundidad de mi ser fue suavizado, menguado porque comprendí que Dios no nos había abandonado caminaba junto a nosotros.

 


Comprendí que, el que Todo lo puede, lo cargaba en mis brazos. Comprendí que el desierto no era árido porque los Ríos de Agua Viva fluirían sobre la arena seca. Comprendí que a nada hay que temer porque el invencible, el León de Judá estaría ahí para defendernos.

 


Amados hijos: id a donde el Señor os envíe. Andad ligeros de equipaje que Él os proveerá y os dará todo, no pasaréis penurias, ni escasez, ni calor, ni frío porque Jesús ha de ser vuestro báculo, vuestro sostén.
Obedecedle y haced por entero su Divina Voluntad. No tendréis pérdidas, Él os orientará, os mostrará los caminos que os habrán de llevar al Cielo.

 

 


Agosto 8/09 (2:35 p. m.)
6. Dolor y Gozo:
Hijos de mi corazón: abrid vuestros oídos a mis palabras y contemplad cómo en sueños se me aparece un Ángel y me dice: Toma a Jesús y a su Madre y vuelve a la tierra de Israel porque ya están muertos los que le buscaban para quitarle la vida; vida que fue protegida por miríadas de Ángeles; vida que transcurrió normal por siete años mientras vivíamos en Egipto; vida que fue un continuo aprendizaje para nosotros porque su sabiduría nos sorprendía a cada instante, vida modelo de virtud para los demás niños de su misma edad, vida que hacía de lo cotidiano algo extraordinario, vida que enriqueció nuestro hogar con su presencia porque era el Hijo de Dios el que la habitaba, era el Hijo de Dios que perfumaba a nardo purísimo de celestial aroma cada espacio, cada rincón; era el Hijo de Dios, lirio puro caído del Cielo, quien nos recreaba haciéndonos menos tedioso el tener que vivir en tierra extranjera; tierra que tendríamos que abandonar por designios de Dios; tierra que nos acogió y nos dio albergue, alimento; tierra que vio crecer al Niño Jesús en estatura y en sabiduría; tierra que nos dejaría recuerdos, añoranzas.

 

 

Hijos amados: no vaciléis en dar cumplimiento a la Divina Voluntad, así vuestro corazón gima de dolor como el mío; dolor de tener que sufrir penurias, dificultades al caminar de regreso a Judea; dolor al saber que Arquelao, hombre cruel como su padre era el rey de aquella comarca; dolor de enfrentarme a una situación incierta, temerosa porque Jesús y María podrían sufrir grandes daños. La misericordia de Dios es infinita y este dolor se cambió por un gran gozo: gozo cuando un Ángel me ordenó que fuera a Nazaret y no temiera; gozo de sentirme custodiado, protegido, gozo de entender que ha Jesús, mi hijo amado, nada le sucedería; gozo de obrar siempre de acuerdo al Santo querer de Dios; querer que buscará siempre lo mejor para sus hijos; querer que moldea, acrisola, purifica a sus criaturas.

 


Queridos hijos. No vayáis en contra de la corriente de Dios. Id, tras los susurros de su brisa suave, no vayáis en oposición a su Divina Voluntad, caminad en pos de sus designios de amor; designios que os harán sentir plenos, gozosos; designios que os harán acreedores de una de las moradas de su Reino.

 

 


Agosto 8/09 (9:30 p. m.)
7. Dolor y Gozo:
Hijos carísimos: Después de la vuelta de Egipto, todos los años íbamos con Jesús a Jerusalén para celebrar la solemnidad de la Pascua. Aconteció que cuando Jesús tenía doce años, fuimos según nuestra costumbre y Él se quedó en Jerusalén sin darnos cuenta.

 


Su pérdida produjo en mi corazón un gran sufrimiento porque lo más amado no estaba a mi lado, mi Señor y mi Dios. No estaba cercano, le sentía muy distante, la alegría y el brillo de mis ojos se habían opacado por su ausencia; la paz que habitaba dentro de mí se había ido; ya no me producía el gozo de antes porque, Jesús, la única motivación de mi existir se diluyó de mis manos, se me esfumó, se evaporó como viento. Me sentía culpable de la desaparición de mi amado Jesús. Sentía que había defraudado a Dios, que no había cumplido fielmente con la misión de custodiarlo, de protegerlo; pensé que le había perdido para siempre.

 


Le buscamos entre parientes y conocidos y no encontrándolo volvimos a Jerusalén. Allí, le hallamos al cabo de tres días de soledad y de abatimiento, le vimos sentado en medio de los doctores de la ley; le vimos resplandecer por su elocuencia y sabiduría. Le vimos con su rostro sereno, apacible porque estaba ocupado en los asuntos de su Padre. Asuntos que sólo Él entendía porque, aún, mi pensamiento no comprendía la magnitud de este Misterio de Amor. Al verle, la paz y la alegría tomaron asiento en mi corazón porque le había recuperado, el gran tesoro descendido del Cielo, lo tenía nuevamente entre mis brazos sin quererle soltar; brazos que lo amaron como a hijo y lo adoraron como a mi Dios.

 


Hijos queridos: qué gran dicha la de mi corazón al haber exhalado mi último suspiro en brazos de Jesús y de María. Los dos delirios de mi vida, estaban allí en mi lecho de muerte allanando caminos para mi partida. Los dos delirios de mi vida me tomaban entre sus brazos dando descanso a mi cuerpo fatigado. Los dos delirios de mi vida oraban al Padre y preparaban el gran momento para mi celestial encuentro con Él.
Haced de vuestras vidas ofrenda de amor al Padre. Padre que os tomará entre sus brazos y os llevará al disfrute del Cielo eterno.

 

 

 


ORACIÓN DEL PAPA LEÓN XIII


A Vos, bienaventurado José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido y por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que, con su sangre, adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.

 


Proteged, oh providentísimo Custodio de la Divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción; asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús de inminente peligro de la vida, así ahora defended la Iglesia santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio para que a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir, y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.

 


Extractado del libro: María, Madre de la Iglesia. (Mensajes dados a Agustín del Divino Corazón, mensajero de los Sagrados Corazones Unidos y Traspasados de Jesús y de María).

 

 

 

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