SAN AGUSTÍN PARTE II

IMAGEN DE DIOS

"No te diferencias del bruto más que por el entendimiento; no te envanezcas de otro cosa. ¿Presumes de fuerzas? Te vencen las bestias. ¿Presumes de velocidad? Te vencen las moscas. ¿Presumes de hermosura? ¿Cúanta belleza hay en las plumas del pavo real? ¿Por qué eres entonces mejor? Por la imagen de Dios. ¿Dónde está la imagen de Dios? En la mente, En el entendimiento".

                                                                                                        (In Joannis evangelium tractatus, III ; 4)

 

Entendemos que tenemos algo donde está la imagen de Dios, a saber, la mente y la razón. La misma mente invocaba la luz de Dios y la verdad de Dios. Por ella misma comprendemos lo justo y lo injusto; por ella misma discernimos lo verdadero de lo falso; ella misma es lo que se llama entendimiento, del cual carecen las bestias; quienquiera que descuide en sí este entendimiento y lo posponga a las demás cosas y sí renuncie a él como si no lo tuviera, oye las palabras del Salmo. No seáis como el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento.

                                                                                           (Enarrationes in Psalmos, XLII, 6)

 

EL VESTIGIO DE LA TRINIDAD

¿Quién entiende la Trinidad todopoderosa? ¿Y quién no habla de ella, si es que es de ella de quien lo hace? Rara es el alma que mientras habla de ella sepa lo que dice. Y contienden y disputan, y nadie sin paz ve esa visión. Quisiera que los hombres pensaran en sí mismos estas tres cosas. Muy distintas son estas tres cosas de aquellas Trinidad. Pero quiero decir dónde se ejerciten, y comprueben, y sientan cuán distintas son. Digo estas tres cosas: ser, conocer, querer. Pues soy, y conozco, y quiero. Soy sapiente, y volente; y sé que soy y quiero; y quiero ser y saber. En estas tres cosas, por tanto, vea el que pueda qué vida inseparable hay, y una vida y una mente, y una esencia y, por último, que inseparable distinción, y, sin embargo, distinción. Ciertamente está a la vista: atienda a sí mismo, y vea y dígame.

                                                                                 (Confessiones, XIII, 11)

 

Pues dijo Dios: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra. Pero poco después se dice: Y Dios hizo al hombre a imagen de Dios. Ciertamente, no se diría de un modo correcto nuestra si el hombre estuviera hecho a imagen de una sola persona del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo. Sino que porque era hecho a imagen de la Trinidad, se dijo: a imagen nuestra. Pero, en cambio, para que no pensáramos que hay que creer en la Trinidad tres dioses, puesto que la misma Trinidad es un solo Dios, dice: Y Dios hizo al hombre a imagen de Dios, como si dijera: a imagen suya.

                                                                       (De fide et symbolo, 10)

EL HOMBRE INTERIOR

Veamos ahora dónde están los confines, por decirlo así, del hombre exterior y del interior. Pues todo lo que tenemos en el alma común con el bruto, se dice aún con razón que pertenece al hombre exterior. Pues no sólo se considerará hombre exterior del cuerpo, sino también una vida suya unida a él, por la cual florece el conjunto del cuerpo y los sentidos de que está provisto para sentir las cosas exteriores. Y cuando al recordar vuelven a verse las imágenes de esos sentidos, grabadas en la memoria, se trata todavía de una cosa perteneciente al hombre exterior. Y en todas estas cosas no nos diferenciamos del bruto sino porque estamos inclinados por la figura del cuerpo, sino erguidos. Con lo cual nos advierte el que nos ha hecho que no seamos semejantes por la parte mejor de nosotros, es decir, por el alma, a los brutos, de los que nos distinguimos por la erección del cuerpo; no sea que rebajemos el alma a lo más elevado que hay en los cuerpos. Pues apetece el reposo de la voluntad en tales cosas es humillar el alma; pero así como el cuerpo está erguido naturalmente hacia aquellas cosas que son más altas entre los cuerpos, es decir, a las celestes, del mismo modo hay que elevar el alma, que es una sustancia espiritual, hacia las cosas que son más altas entre las espirituales, no con la arrogancia de la soberbia, sino con la piedad de la justicia.

 (De Trinitate, XII, 1)

 

 

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