En Caná, Jesús quiso satisfacer el deseo de una Madre

 

 

 

Hijos Míos, hoy que Soy venerada y exaltada por el gran privilegio que Me dio Mi Hijo, quiero decirles algo que será de su agrado. Si lo aceptan, bien pueden considerarse en el amor santo en el cual vivo Yo, juntamente con los Bienaventurados del Cielo.

La Iglesia habla mucho del primer milagro de Mi Hijo, justamente se lo encuadra en el Querer santo que dispone el cumplimiento de ese primer prodigio, por Mi intercesión ante Jesús. Pero ustedes desconocen qué hechos precedieron a esas nupcias. Hechos que tienen que ver con Mi Hijo y Conmigo, Madre ansiosa de estar cerca de Él.

Aquella familia estaba emparentada con José y por lo tanto también Conmigo. Recibida la invitación, Yo decliné cortésmente la misma, pensando que Jesús quería excusarse, porque lo noté algo indiferente. Faltaban aun muchos días para la boda; preparé un mantel y lo envié a la futura esposa con expresiones de simpatía y buenos augurios. Pero Jesús, que veía y sabía qué sentimientos Me movían, cuando el mantel estaba ya listo, Me dijo: “Madre, si Yo dejase Mi aislamiento y lograse que los esposos insistan en esa invitación, ¿quisieras Tú acompañarme a las bodas de Nuestros parientes?” El leía en Mi Corazón como en un libro abierto y había despertado con delicadeza Mi deseo reprimido. “Hijo Mío, repuse, no hay lugar a donde te guste ir, que no Me guste también a Mí. Ahora enviaré este mantel y, puesto que Tú lo dices, iremos”. Se hizo lo que Jesús había anunciado y el día fijado Nos dirigimos a Caná.

En este marco de hechos que precedieron a las propias bodas, ustedes, hijos Míos pueden ver las razones que Me movieron durante el convite, a dar a conocer a Jesús las dificultades de la familia que Nos hospedaba, respecto de la falta del vino y de la respuesta de Jesús a Mis palabras. Respuesta que se encuadraba perfectamente en el estado de ánimo del Redentor, cuyo tiempo para manifestarse al mundo en verdad no había llegado. Sin embargo, Su sabiduría va más allá de todo lo humano y efectivamente, Jesús para contentarme hizo el milagro que ustedes saben. Ahora Yo no puedo expresarles la gratitud que tengo hacia Jesús por haber dado al mundo la manifestación de Su amor a Mí, y por haberla dado de modo tan clamoroso. Mis afectos, Mis sentimientos son tan ardientes que ni el más alto Serafín puede comprenderlos. Por eso Me adaptaré a ustedes que también deben, de cualquier manera, participar de la gratitud materna que Me incendia el Corazón.

Jesús, Mi dulce Hijo, aquí, ante Tu trono de Amor, ves a una criatura Tuya que has elegido por Madre. Tú Me Has querido grande porque Tú eres bellísimo, y Yo, conociendo que Mi nada no merecía sino un eterno nada, declaro delante de todos Mis hijos y Tus hermanos, que la grandeza que Has puesto en Mí es Tu sola Gloria, Tu justísima exaltación. Me Has querido por Madre Tuya y por eso Yo Te tengo como Mi amadísimo Hijo.

Jesús, es demasiado grande Tu amor por Mí, para que pueda explicarse y, por consiguiente, es grande Mi reconocimiento hacia Ti. En la tierra Me Has amado de manera ejemplar, Me Has dado las cosas que no Te He pedido, Me Has honrado en público y en privado. ¡Hijo! La corona inmortal que Te Ha dado el Padre, realmente se enjoya con este Amor singular con el cual Me quieres con predilección.

Si todos en el Cielo quieren alabar lo que ven en Mí; eso es porque ven que Yo no tengo valor que no sea recibido de Ti. Sí, Soy Tu Madre, pero Tú eres infinitamente más para Mí, porque Tú, Mi amadísimo Jesús, eres el Omnipotente que demuestra en Mí hasta dónde puede llegar Tu misma Omnipotencia.

 

Hijo Mío adorado, por todo lo que Has hecho por Mí, ahora Yo, con el poder que Me das, recojo almas para dártelas. Por todas las atenciones con que Me rodeaste, ahora Yo voy por el mundo para encender fuego de caridad por Ti, Mi celestial Hijo, alegría de Mis ojos, belleza sin igual.

No podré nunca igualarte en Amor, sin embargo, Me Has dado tanto que en el mundo muchos Me tratan con inmenso amor. Oh, Jesús, nombre dulcísimo. Todas las veces que Te vuelvo a ver pequeñito en Mis brazos, Mi Corazón experimenta arrebatos incontenibles y de inmediato corro a las almas, inspirándoles amor por Ti. Ellas no saben que Yo en el Cielo puedo todo lo que Me fue vedado en la tierra. Te traigo almas porque quiero verte sonreír de felicidad; conduzco a Mis hijos ante el trono en el cual te asientas majestuoso, amable, atractivamente lleno de luz.

Hijo Mío divino, si estos otros hijos Míos Me escucharan, diría cosas del Cielo, pero no pueden oír, y ello Me limita a decirles tan solo que si quieren agradarte mucho, sean fieles a Mí, hagan vida irreprensible, piensen que aman a un Dios tan amable, que toda cosa del mundo es menor que polvo en comparación con Tu Amor.

Jesús, vida y dulzura Mía, en el día de Mi Gloria, cuando congregues a los hombres para cerrar la existencia del mundo, quiero que estos hijos Míos, cuyos nombres He escrito en Mi mente, estén todos Conmigo.

Oh, Tú que cambiaste el agua en vino, oh Tú que Me diste tanta alegría en aquel día en Caná, dame la alegría de tener cerca a todos Mis hijos. Extiende sobre ellos, piadoso, Tu bondad; porque Yo Me empeño en llevarlos a Tu trono, queridos y santos como Tú los deseas.

Hijitos Míos, recuerden Mi oración y sean solícitos en venir a Mí, porque juntos debemos alabar a Mi divino Hijo que tanto nos ama. Recuerden los deseos de una Madre y reflexionen cómo Jesús, para las bodas de Caná, quiso satisfacer el deseo de Su Madre.

 

  

 

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