LA SILLA DEL AMIGO

 

     Después de varias semanas,  el pueblo saltaba de alegría, el nuevo sacerdote había llegado. La verdad es que desde hace un mes,  la zona se encontraba en un abandono total. El viejo cura,  no había podido realizar las funciones propias de su ministerio, pues se encontraba gravemente enfermo y había sido llevado al hospital de la  capital.

     El nuevo sacerdote, el padre Benito, llegó al mediodía y en pocas horas ya  revolucionó al pueblo completo. Tenía por lo menos  una docena de hombres trabajando en la iglesia. Algunos se encontraban despolvando cuadros, otros limpiaban murallas y guardapolvos, otros barrían con escobas de ramas al interior y exterior de la capilla. El sistema eléctrico era una calamidad, si no se reparaba, la iglesia se incendiaría en cualquier momento. Los viejos parlantes tampoco funcionaban. En eso estaban cuando  llegaron varias mujeres que venían a la sacristía a realizar un limpieza general, todo estaba empolvado, albas, casullas, estolas y cíngulos. El padre Benito, de unos sesenta años, era muy diligente y movedizo, a pesar de tener varios kilos demás. Personalmente controlaba los trabajos desplazándose de un lugar a otro. De lejos se escuchaban sus exclamaciones: ¡No, no están bien limpios! o ¡vayan a buscar al electricista! 

     En medio de todo este alboroto el cura nota que cerca de él hay un muchacha de unos dieciséis años, con una cara muy afligida. y que intenta decirle algo.

 -         Padre necesito que vaya a mi casa inmediatamente, mi padre está muy enfermo y necesito que rece por él.

-           Pero por supuesto hija, dentro de la semana iré por tu casa....

-          No Padre, necesito que sea ahora.

-          Pero hija, por el amor de Dios, no ves que estoy muy ocupado.

 

   En esos momentos se escucha un estruendo, uno de los mazacotudos cuadros del Vía Crucis no ha quedado bien colgado y cae al suelo. El Padre corre a ayudar y la muchacha le sigue. Después de colgar nuevamente el cuadro, que no había resultado dañado, el sacerdote nota que la muchacha sigue junto a él. Su rostro triste lo conmueve.

-         Está bien, voy a dar unas instrucciones y te acompaño a tu casa, vamos en la camioneta.

    

  Era una casa muy humilde, se encontraba ubicada al costado poniente del pueblo. Se llegaba a ella después de transitar por varios callejones polvorientos. Blanca por dentro y por fuera, contaba además con un patio lateral al cual se podía acceder a través  de un viejo portón de madera. El padre Benito estacionó la camioneta frente a la casa y ambos ingresaron. La muchacha, que se llamaba María, con la mano, le indicó la habitación de su padre, el cura entró y encontró a un pobre hombre postrado en cama, con la cabeza alzada por dos viejas almohadas. La habitación era pequeña y había una silla rústica  en frente de él como preparada para una visita.

Pintura de María Inés Carod

-         Supongo que me estaba esperando, le dijo el padre amigablemente.

-         No, ¿quién es usted? le dijo el hombre enfermo.

-         Soy el nuevo sacerdote que acaba de llegar al pueblo. Su hija me pidió que viniera a rezar con usted. Como vi la silla pensé que me estaba esperando...

-         Ah, la silla.  Mire padre, nunca le he dicho esto a nadie, pero toda mi vida no he sabido como rezar, aprendí algunas oraciones cuando pequeño, pero con el tiempo se me fueron olvidando, por lo que abandoné la oración hace ya muchos años. Hace un tiempo  conversando con mi mejor amigo, éste me dijo:

-         José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús, así es como te sugiero que lo hagas. Te sientas en una silla  y colocas otra silla vacía al frente tuyo, luego con fe miras a Jesús sentado en frente de ti. No es algo alocado el hacerlo pues Él nos dijo: “ Yo estaré siempre con vosotros” Por lo tanto le hablas y lo escuchas, de la misma manera como lo estás haciendo conmigo ahora.

-         Padre, encontré que era una muy buena idea y la comencé a practicar Tanto me gustó que lo sigo haciendo unas dos horas diarias, sin que mi hija lo sepa, pues me internaría inmediatamente en un manicomio.

      El sacerdote se conmovió con el buen hombre y después de rezar algunas plegarias con él le prometió traerle la comunión una vez que se reanudaran las misas en la capilla. Se despidió, instándole a seguir con la práctica; que era algo muy bueno lo que venía haciendo y que no dejara nunca de hacerlo.

 

  Dos días después  María se aparece en la capilla para contarle al padre Benito que José ha fallecido.

-         ¿Falleció en paz? le preguntó el sacerdote

-         Si, padre. Cuando salí a comprar a eso de las dos de la tarde lo fui ver a su cama, me dijo que me quería mucho y me dio un beso. Cuando regresé unas horas más tarde le encontré muerto. Pero hay algo extraño respecto a su muerte, pues aparentemente justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado de la cama y recostó su cabeza sobre ella, de esa forma lo encontré. ¿ Qué cree usted que puede significar eso?

 El sacerdote profundamente estremecido, secó sus lágrimas de emoción y le respondió:

 “ Que bueno sería que todos nos pudiéramos ir de esa manera”

  

 

Les sugerimos enviar por mail a los conocidos el archivo, que es la versión original (corta) de esta hermosa historia con alguna explicación previa para que no piensen que es algún tipo de virus.

  Archivo: La  silla del amigo

(Bajar el archivo a vuestro computador (ordenador) y luego adjuntarlo en vuestros mails)

 

  ¿ Es curioso verdad?

Si cuando termines de leer este mensaje no se lo envías a muchos de los que están en tu lista de direcciones es por lo que no estás seguro de lo que ellos piensan al respecto, y peor, de lo que ellos vayan a pensar de ti. Es curioso que nos preocupemos más por lo que la gente piense de nosotros que por lo que Dios pueda pensar de nosotros.

   Que tengas un día colmado de bendiciones junto con los tuyos.

Además te invito a repetir esta oración en todo lugar y en todo momento, cuando precises de algo especial:

  “Señor quédate con nosotros”

 

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