LA SANTA COMUNIÓN

 

Hablando un siervo de Dios de una obra compuesta por el abate Favre, célebre misionero de la Sabova, intitulada: "Teoría práctica de la Comunión Frecuente y diaria,, para el uso de los sacerdotes que ejercen el santo ministerio", se expresa así: «Quisiera, si me fuese posible, hacer imprimir tantas copias de esta obra, como curas, confesores y directores de almas, y aún como fieles hay en el mundo; para que todos estuviesen persuadidos de que no podemos hacer cosa más grata a nuestro Redentor, ni más útil a nosotros mismos, que la santa Comunión.

En ella el autor nos hace ver en primer lugar, como el mismo Jesucristo invita y solicita a todos los fieles sin excepción a la Comunión frecuente y cotidiana.

Que los Apóstoles han enseñado a todos los fieles sin excepción, a comulgar todos los días;

Que los santos Padres han exhortado, solicitado y pedido constantemente a todos los fieles a la Comunión frecuente y diaria, y esto sin excepción o restricción alguna, sino es por falta de preparación;

Que la Iglesia invita, exhorta, y mueve a todos los fieles a hacerla con tal que lleven las disposiciones convenientes;

Que los Sumos Pontífices y los Obispos exhortan y excitan a ella a todos los fieles;

Que los santos, los maestros de la vida espiritual y los teólogos la aconsejan a todos los fieles;

Que la experiencia enseña que la frecuente Comunión es para las almas poderoso medio de salvación y santificación;

Que las necesidades del alma la exigen;

Que la Comunión frecuente procura los más preciosos provechos a los fieles que la practican;

10° Que la Comunión es el fin de todos los sacramentos, la fuente de todas las gracias y el compendio de todos los medios de salud y satisfacción;

 

«En una palabra, el piadoso autor da tantas razones, motivos tan poderosos y convincentes para mover a los pastores de almas y confesores a permitir la Comunión frecuente y aún diaria, que nada más puede decirse ni desearse.»

Santa Gertrudis experimentó este consuelo. Un día que se disponía a la santa Comunión y sentía vivamente el estar tan poco preparada, rogó a la Santísima Virgen y a todos los Santos que ofreciesen a Dios por ella toda la preparación y todos los méritos con que cada uno de ellos, durante su vida, se disponía a recibir a Jesucristo; y en ese momento se le aparece el divino Redentor y la dice: « En verdad te digo, hija mía, que a los ojos de todos los ciudadanos del cielo aparecerás revestida de aquel ornamento que has pedido».

 

Qué buena es mi suerte el día que tengo la dicha de recibir a Jesús en la santa Comunión Entonces se forma una unión tan estrecha entre él y yo, según sus propias expresiones, que él habita en mí y yo en él. En aquél momento puedo decir con toda verdad: Jesús se halla en mí, vive en mí, es todo mío y yo soy todo suyo.

 

Hablando los santos de esta unión de Jesús con el alma que le recibe devotamente en la santa Comunión, dicen de ella cosas estupendas. San Juan Crisóstomo afirma que después de la Comunión el cuerpo del hombre se halla de tal modo unido al de Jesús, que no forman más que un solo cuerpo. San Cirilo de Alejandría dice también: «Cuando el divino Redentor entra en nosotros, su carne adorable se une a nuestra carne, su cuerpo a nuestro cuerpo, su sangre a nuestra sangre, su alma a nuestra alma, su corazón a nuestro corazón, su divinidad a nuestra. humanidad; y esto con una unión tan íntima, tan noble, tan estupenda,, tan delicada, que la santa Iglesia está fuera de sí, que los Angeles nos tienen una santa envidia, y el paraíso todo está en éxtasis. Jesús viene a ser en cierto modo una sola cosa con nosotros, y nosotros una sola cosa con él.

¡Oh! cuantas veces, amado Redentor mío, os habéis unido amorosamente a mí que tantas veces os he ofendido! Sea por siempre bendito, alabado y ensalzado vuestro santísimo y amantísimo Corazón. Así sea.

¡Cuán dulces y consoladoras son las reflexiones siguientes del P. Nieremberg de la Compañía de Jesús! «Los que comulgan, dice, vienen a ser en cierto modo los hijos de la Santísima Virgen, según la carne. La razón de esto es, que no forman más que un mismo cuerpo y sangre de Jesús que María formó en sus castas entrañas: ahora bien, si son una misma carne con la del Hijo de María, son como sus hijos según la naturaleza; a ellos los mira como su cuerpo y sangre, los trata del mismo modo que si los hubiera tenido; como tuvo a Aquel con quien no forman más que una carne, en virtud de una unión real y substancial.» Es imposible explicar, dice igualmente el P. Nonet, el gozo de la Santísima Virgen, cuando nos ve comulgar con fervor, alimentarnos de la carne y sangre de su Hijo.

 

Me propongo dar a la Santísima Virgen el mayor gozo que puede recibir de mí, uniéndome a su Hijo, y haciéndole el huésped, el Rey, el Dios de mi corazón. Voy a contraer con ella la más estrecha afinidad. que puede existir Sí, alma fiel, cuando tomas el precioso cuerpo de Jesucristo, entras en una alianza más estrecha con la Santísima Virgen, que la de los hijos con su madre, porque no siendo ya más que uno con su Hijo, no eres más que uno con ella.

 

Cuando un alma, decía Santa Magdalena de Pazzi ha recibido el pan de la vida en el Santísimo Sacramento del Altar, gracias a la estrecha unión que contrae con Dios, puede decir también como el Salvador: "Consummatum est" porque todos los bienes están reunidos en este alimento celestial, y todos los deseos hallan en Dios la realización: ¿Qué puede desear un alma cuando tiene al que contiene todas las cosas? Si desea la caridad, ella posee al que es la perfección de la caridad, la caridad por excelencia.

Igualmente sucede con la verdadera fe, la esperanza, la pureza, la paciencia, la humildad v mansedumbre, porque Jesucristo procura al alma todas las virtudes, merced a esta comida. ¿Y qué más puede querer o desear el alma que halla todas las virtudes, todas las gracias, todos los favores apetecibles reunidos en este Dios de amor, que reside bajo las especies sacramentales tan verdaderamente como se encuentra sentado a la diestra de su Padre en el Paraíso?

El Verbo se halla en el Padre, éste en el Verbo, y el Espíritu Santo en el uno y el otro inseparablemente; y nosotros, al recibir el Verbo, recibimos toda, la Santísima Trinidad!

 Puede decirse que la Comunión es la bienaventuranza de esta vida.

« Una sola Comunión, si llevásemos a ella las disposiciones necesarias, podría causarnos mayores transportes de gozo que la vista y la visita de todos los Angeles y santos juntos. ¡Oh! ¡quién pudiera decir todo cuanto el Señor obra en una alma pura, por medio de la santa Comunión! Sólo Dios puede saberlo; el alma misma, que es el teatro de estas maravillas, no las conoce. Si está bien dispuesta, recibe en una sola Comunión una gracia superior a todas las que fueron concedidas a los santos en todas sus revelaciones y visiones.» 

 

 

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