LA CARIDAD FRATERNA

 

 

    Da al que te pidiera y al que te quiera pedir prestado no le vuelvas las espaldas. Da de tus bienes, aún imponiéndote algún sacrificio. Examina cómo  cumples esta ley de desinterés que impone Jesucristo, y sabe que el querer evadirte de las súplicas del prójimo, es faltar a la caridad. Nuestro Señor ordena el que lo socorramos, pero no nos manda que examinemos si nos engaña. No rechaces al que a ti acude. Ten en tu trato con los pobres el espíritu de la ley de amor  y condúcete con ellos como lo habrías hecho con el mismo Jesucristo si hubiese venido a reclamar tu liberalidad. Oculta tu limosna en el seno del pobre. Que el necesitado tan sólo la conozca. Aparta el pensamiento del bien que practicas. Cuando hayas dado a Dios y al prójimo una parte del día, di por la noche: Soy un siervo inútil.

 

    Pero que tu limosna sea en oculto, y tu Padre que ve en lo oculto te premiará. Considera que todo cuanto tienes de Él lo has recibido. Que te haya dado poco o mucho, la obligación de la limosna es formal para todos. No todos están en posición de poder dar dinero, pero la limosna espiritual todos pueden practicarla. Acompaña el don con un consejo, una palabra compasiva, que levante el alma del desvalido y le haga entender que deseas hacerle dos beneficios, uno al alma y otro al cuerpo. En tus limosnas huye de los aplausos de los hombres. Pide la gracia de no agradar más que a quien ha de juzgar tus obras y la coronará con tanta mayor gloria cuanta menos la hayamos deseado en este mundo. 

 

El agua apaga el fuego,

la limosna perdona los pecados.

 

Quien con favor responde prepara el porvenir,

el día de su caída encontrarás su apoyo.

 

Hijo no prives al pobre del sustento, 

ni dejes en suspenso los ojos suplicantes.

 

No entristezcas al que tiene hambre, 

no exasperes al hombre en su indigencia.

 

No te ensañes con el corazón exasperado

no hagas esperar la dádiva al mendigo.

 

No rechaces al suplicante atribulado,

ni apartes tu rostro del pobre.

 

No apartes del mendigo tus ojos, 

ni des a nadie ocasión de maldecirte.

 

Pues si te maldice en la amargura de su alma, 

su Hacedor escuchará su imprecación.

 

Hazte querer de la asamblea

ante un grande baja tu cabeza.

 

Inclina al pobre tus oídos,

responde a su saludo de paz con dulzura.

 

Arranca al oprimido de manos del opresor,

y a la hora de juzgar no seas pusilánime.

 

Sé para los huérfanos un padre,

haz con su madre lo que hizo su marido.

 

Y serás como un hijo del Altísimo;

él te amará más que tu madre.

 

Eclesiástico 4

 

                                     
                                    
 
 

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