Os llamo a una conversión perfecta

 

 

 

 

Jesús dice:

Hijos amados: Os llamo a un cambio en vuestras vidas. Os llamo a una conversión perfecta y transformadora. Os llamo a que dejéis vuestra vida de pecado y viváis en estado de gracia.

Os llamo a que cortéis de raíz con las cosas del mundo y viváis en la plenitud de mi Amor Divino, busquéis los medios para alcanzar la santidad y ser ascendidos, el día que os llame, a una de las moradas de mi Reino.

Os llamo a que dejéis vuestras ataduras, las cadenas oxidadas que os amarran, que os esclavizan y a que voléis como las águilas, para que sintáis la plena sensación de libertad, porque: sois mis hijos, sois mis amigos, sois la razón por la cual me comunico con vosotros a través de estas manifestaciones del Cielo en este final de los tiempos.

Hijos amados: mi segunda llegada está muy próxima. No tengáis miedo, pero preparaos, preparaos llenando las lámparas de vuestro corazón con suficiente provisión de aceite porque estáis en los umbrales de la Nueva Jerusalén. Ciudad hermosísima, sitiada por miríadas y miríadas de Santos Ángeles.

Ciudad en la que viviréis en la plenitud de mi amor, en el gozo, en la esperanza. Ciudad en la que los títulos ya no contarán. Todos seréis de igual condición, de igual rango, de igual estatus porque todas vuestras pertenencias, vuestros bienes materiales serán compartidos, puestos en común.

Ciudad en la que a los sacerdotes ya no se les llamará padre; se les dirá hermano sacerdote, hermano obispo, hermano Papa.

Ciudad en la que viviréis en las fuentes de la eterna juventud. La longevidad será una característica de la Nueva Jerusalén. Allí las almas vivirán numerosísimos años. Allí ya no existirá el dolor, ya no existirá la tristeza.

Ciudad en la que no habrá maldad, envidia. No se necesitarán guardias de seguridad porque todos se cuidarán a sí mismos.

Aspirad, pues, hijitos míos: con vuestras buenas obras habitar en la Nueva Jerusalén. Pero para ello tendréis que ser santos, tendréis que practicar la santa virtud; virtud que os acredite como mis hijos amados, como mis hijos obedientes a las leyes divinas, a los preceptos que os abre las puertas de los Cielos.

Os amo y os bendigo, mis pequeños peregrinos en busca del Absoluto: Amén.

Sentid mi presencia en medio de vosotros

 

 

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