ORACIÓN PARA ALCANZAR UNA BUENA MUERTE

 

Postrado ante el trono de vuestra adorable Majestad, vengo a pediros, Dios mío la última de todas las gracias, la gracia de una buena muerte. Aunque he abusado mucho de la vida que me habéis dado, concédeme os ruego, el acabarla bien y el morir en vuestro amor.

Que yo muera como los santos Patriarcas, dejando sin pena este valle de lágrimas para ir a gozar del descanso eterno en mi verdadera patria.

Que muera, como el bienaventurado José entre los brazos de Jesús y de María repitiendo estos dulcísimos nombres que espero bendecir durante la eternidad.

Que muera, como la Santísima Virgen abrasada del más puro amor, anhelando reunirme al único objeto de todos mis afectos.

Que muera, como Jesús en la Cruz, con los más vivos sentimientos de odio al pecado, de amor a mi Padre Celestial, y de resignación en los sufrimientos.

Padre Santo, en vuestras manos encomiendo mi alma, tened misericordia de mí.

Jesús que habéis muerto por mi amor, concededme la gracia de morir en el vuestro. Amén.

¡Oh, Madre de Dios! si pongo en Vos mi confianza, seré salvo; nada tengo que temer, si estoy bajo vuestra protección; porque ser vuestro devoto, es tener la seguridad de salvarse, y Dios no la concede sino a los predestinados. ¡Oh, María mi dulce esperanza! no quiero en adelante estar inquieto por si estoy o no escrito en el libro de la vida; con tal que tenga para con Vos una sincera devoción y un verdadero amor, y que obtenga la protección de vuestro Corazón, tan bueno y tan amante, estoy seguro de no perderme eternamente, sino de llegar al cielo para amaros y alabaros por toda la eternidad. Por lo cual, deseo tener siempre en la. boca, esta hermosa oración jaculatoria: «Dulce Corazón de María, sed la salvación mía.» Así lo espero, ¡Oh María! Así sea.

300 días de indulgencia cada vez

 

Es verdad que en el artículo de la muerte el demonio se valdrá de todas sus astucias para ganar, mi alma, sabiendo que no le queda más que un poco de tiempo, y que si la pierde entonces, la pierde para siempre, no obstante, si en aquel momento tengo a María de mi parte, ¿qué podré temer de todos los enemigos del infierno? Estas son las palabras mismas que la Santísima Virgen dirigió un día a Santa Brígida: "Yo soy una madre fiel y quiero estar presente a la muerte de todos los que me han servido, quiero asistirlos, protegerlos y consolarlos.

Estando San Juan de Dios en el artículo de la muerte, aguardaba la visita de María, a quien profesaba la más tierna devoción; mas no viéndola venir se afligía y quizás hasta se quejaba ya; cuando de repente se le aparece la Madre de Dios y le echa en cara su poca confianza, dirigiéndole estas tiernas palabras: «Juan, hijo mío, ¿,podías tú creer que Yo te había de abandonar? ¿No sabes tú que yo no puedo abandonar a mis devotos en la hora de la muerte? No he venido antes, porque el momento no había llegado; ahora que tu fin se acerca, aquí estoy, vengo a tomarte y llevarte conmigo al Paraíso.

 

Benedicto XIV ha dicho: Afirmamos que la mayor parte de los réprobos están en el infierno por haber querido ignorar estos misterios de la fe, que todo cristiano está obligado a saber y creer. (Ins. XXVI, 18.)

1° Que existe un solo Dios.

2° Creer que en este solo Dios hay tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

3° Que Jesucristo, Hijo de Dios y segunda persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre y quiso morir para librarnos del pecado y del infierno.

4° Que Dios premiará los buenos en el cielo y castigará a los malos en el infierno eternamente.

 

Súplica a Jesús crucificado para obtener la gracia de una buena muerte

Jesús, Señor Dios de bondad, padre de misericordia, aquí me presento ante Vos, con el corazón arrepentido, humillado y confuso encomendándote mi última hora y la suerte que después de ella me espera.

Cuando mis pie, perdiendo el movimiento me adviertan que mi carrera en este mundo está por acabarse;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mis manos trémulas y torpes, no puedan ya estrechar el crucifijo y, a pesar mío, lo dejen caer sobre el lecho de mi dolor;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mis ojos apagados y amortecidos con el dolor de la muerte cercana, fijen en Vos miradas lánguidas y moribundas;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mis labios, fríos y balbucientes, pronuncien por última vez vuestro santísimo nombre;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi cara, pálida y amoratada, cause ya lástima y terror a los circundantes, y los cabellos de mi cabeza, bañados de sudor de la muerte, anuncien que está cercano mi fin;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mis oídos próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír de vuestra boca la sentencia irrevocable que determine mi suerte por toda la eternidad;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi imaginación, agitada de espantosos fantasmas, se vea sumergida en mortales congojas, y mi espíritu, perturbado del temor de vuestra justicia a vista de mis pecados, luche con el enemigo infernal, que quisiera quitarme la esperanza de vuestra misericordia y precipitarme en el abismo de la desesperación;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi corazón débil y oprimido del dolor de la enfermedad, esté sobrecogido del terror de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que hubiere hecho contra los enemigos de mi salvación;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando derrame las últimas lágrimas, síntomas de mi destrucción, recíbelas, Señor, en sacrificio de expiación, para que muera como víctima de penitencia, y en aquel momento terrible;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mis parientes y amigos, juntos alrededor de mí, lloren al verme en el último trance, y cuando invoquen vuestra misericordia en mi favor;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando, perdido el uso de mis sentidos, desaparezca el uso de mi vista, y gima entre las últimas agonías y congojas de la muerte;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi alma salga para siempre del cuerpo, dejándolo pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de él como un tributo que desde ahora ofrezco a vuestra divina Majestad: y en aquella hora tremenda;

R. Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

En fin, cuando mi alma comparezca delante de Vos para ser juzgada, no las arrojéis de vuestra presencia, sino dignaos recibirla en el seno amoroso de vuestra misericordia, para que cante eternamente vuestras alabanzas.

 

Oración

Oh Dios mío, que condenándonos a la muerte, nos habéis ocultado el momento y la hora, haced que, viviendo santamente todos los días de nuestra vida, merezcamos una muerte dichosa abrasados en vuestro divino amor. Por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con Vos, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

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