NO IMPORTA; EL JUEVES ME CONFIESO

(Las cicatrices del alma)

 

 

Hoy llego a mi casa, lavo mi cuerpo; el Jueves mi alma y quedo limpio de toda culpa 

 

 

 

 

Introducción:

 

Hermanos, siempre tenemos varios temas en carpeta para conversar con ustedes, pero esperamos la autorización de nuestro Padre para escribirlos. Algunos no los autoriza,  pero para este tema ya tenemos su venia.

 

 

 

1.- La gran mentira de Satanás.

 

Uno de las mentiras del Engañador es que no importa cometer pecados porque después uno va donde el sacerdote y se confiesa y todo se olvida. Por lo tanto peco y me confieso, vuelvo a pecar y me vuelvo a confesar y así hasta el final de la vida. Esto es falso, de falsedad absoluta.

 

 

 

2.- Que no se entienda mal

 

El valor que tiene el sacramento de la confesión está en el perdón de los pecados, cuando existe verdadero arrepentimiento y el firme propósito de no volver a caer en la falta. Si se cae nuevamente por nuestra propia debilidad, es válida, pero no cuando se entra en ese juego diabólico de pecar y confesarse, y utilizar la confesión para aliviar la culpa temporal.

 

 

 

3.- Las cicatrices del alma

 

Satanás a través del pecado nos deja heridas en el alma. A través del sacramento de la confesión, se perdonan los pecados, pero el alma queda con cicatrices, huellas que son más fáciles de borrar en vida que en el Purgatorio. Pero son cicatrices que imposibilitarán llegar al Reino de los Cielos, mientras éstas no sean eliminadas.

 

Esto es lo terrible del pecado; las heridas y huellas que deja en nuestras almas. Como Satanás nos odia, feliz que suframos. Si pierde nuestras almas y no las puede condenar, se satisface con los sufrimientos que tendremos en el Purgatorio.

 

Por eso que cuidado con este juego, que viene de él. Hay que tratar por todos los medios de evitar los pecados mortales. Las personas desconocen el estado como va quedando el alma por el pecado y los sufrimientos que deberán pasar en vida o luego en el Purgatorio para borrarlas.

 

 

 

4.- Un llamado a los sacerdotes, que muchos de ellos nos leen

 

a) No tengan miedo de hablar de Satanás, del Infierno y del Purgatorio.

 

Las personas deben saber el peligro al cual están expuestas. Hablan muy poco de eso en estos tiempos, deben advertir a los fieles. Satanás es real, no es un concepto.

 

 

b) En la confesión, guarden la delicadeza para las mujeres, a los hombres con fuerza.

 

Nosotros los hombres necesitamos que se nos trate como tales. Si estamos cometiendo errores graves, debemos ser tratados con fuerza y algo de rudeza. Usen las palabras adecuadas, no las suavicen. No teman, el pecador al finalizar la confesión se irá avergonzado y con rabia, pero se los garantizo; va a volver y se los agradecerá. Díganle que lo aman y que no quieren que sufra en la vida o después de la muerte. El hombre va a reaccionar porque necesita alguien que le tire las orejas. No teman en ser rudos, nosotros estamos acostumbrados a eso y mucho más.

 

Con nosotros no sirve, el no peques más, evita las ocasiones de pecado. Todos van a llegar suavecitos, humildes, justificando los pecados, con aspecto algo ratonil, pero adentro hay un tigre y hay que tratarlo como tal.

 

Si lo hacen bien, el hombre va a girar en 180 grados y ganarán un alma para Dios. Y se los garantizo, va a ser difícil que vuelvan al mismo pecado con habitualidad, tal vez unas  caídas al principio, pero nada más.

 

 

 

¿Por qué les decimos esto?

 

Porque en nuestro caso, fue el mismo Padre quien lo hizo. Así es.  Defiende a sus hijos con todas las armas que tiene. Si Él con nosotros fue extremadamente rudo, y hace la diferencia de género, ustedes perfectamente lo pueden hacer con los hombres.  Ahora queremos decirles que nos hizo pasar por un sacerdote y no por una confesión ordinaria, sino por una confesión de vida, que harto nos costó.

 

 

 

Es bueno explicar que Dios interviene de muchas formas en un alma, cuando ésta, ya se encuentra en una etapa de duda con respecto a su erróneo proceder, cuando alguien ha estado rezando por la conversión de esa alma insistentemente y también a veces por su propia iniciativa. Por ejemplo en el caso de San Agustín, que gustaba mucho de las mujeres y su madre llevaba rezando por años por su conversión, el Santo ya estaba en vías de, pero le decía a Dios, quítame esto, pero no todavía. Fue un amigo, instrumento de Dios quien le dijo: ¿Y por qué no ahora?

 

 

 

 

Y nos preguntan: ¿Y a ti, qué te pasó? Mira cómo eras.... y ahora tan cambiado. Y nosotros miramos hacia abajo y callamos. Y nuestra alma como un carbón que se enciende y nos quema de amor varonil  por el amado Padre.

 

 

 

 

 

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